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Firma: NO FIRMA


Cualquier cosa es preferible a esa mediocridad eficiente, a esa miserable resignación que algunos llaman madurez, dice Dolina. Y acá mismo, en Uruguay, ahora hay gente que está juntando firmas para que los jóvenes puedan llegar más rápido a esa mediocridad eficiente. A esa miserable resignación. Para que pasen de ser niños a ser adultos, sin nada en el medio. A los bifes. Porque esa es -o al menos debería ser, si es que todavía queda algo de sentido común- la idea de fondo de todo esto: ¿a qué edad se la debe considerar adulta a una persona en el Uruguay de 2011?

Es una discusión absolutamente política y coyuntural, y es por esas dos cosas que no me interesa en lo más mínimo. Me llama mucho más la atención cómo evoluciona la salud de Rocío Guirao Díaz, pobrecita, que esta previa electoral asqueante entre las mismas caras de siempre, discutiendo por lo mismo de siempre: quién la tiene más larga. Y en el medio, el pueblo, que es rehén de esa situación. ¡Tomá, Gandhi!
Pero para realizar un aporte valioso a la causa del soberano, para orientar a aquellos vagabundos del pensamiento que creen que las firmas son para que los Rolling Stones vengan a tocar a Montevideo, tiro unos conceptos que pueden ayudar a diferenciar a un adulto de un no adulto. Por llamarlo de alguna manera.
El ser humano pasa a ser adulto cuando deja de comerse lo mocos y pasa a dominar el refinado oficio del amasije. Que desemboca en la popular “bolita moldeable”, proyectil muy apropiado para lanzar disimuladamente con un movimiento de dedos. Un hombre es un hombre cuando comienza a usar musculosa debajo de la camisa. Cuando abandona el jogging. Cuando se lleva un abrigo precautorio sin que su madre tenga que recordárselo.
Así es como uno ve que alguien se está poniendo viejo, que ya no es el niño que era antes. Que ya es mayor. Cuando mira el informativo de pe a pa, y presta singular atención a la cotización del dólar y la unidad indexada. Cuando comprende la importancia del índice Dow Jones, que nada tiene que ver con Indiana.
Cuando va al cine entre semana, y ya no compra pop ni refresco. Cuando valora a Fellini y a Woody Allen. Cuando se marea con los lentes 3D. Cuando empieza a concurrir a cenas show o acafés concert. Cuando valora a China Zorrillla. Cuando juega al 5 de oro. O peor aun, al Kini. Y si estamos hablando ya de la decadencia en estado puro, al Juego de la cédula.
Cuando cambian los gustos del gusto. El paladar acepta y encuentra placer en la amargura de un café sin azúcar. De la rúcula. Que prefiere las aceitunas negras a las verdes. Que no le hace asco a ese bocadito tanrefiné que consta de un cubo de queso con una bolita roja y pegajosa encima, todo ensartado en un escarbadientes. A loscabellos de ángel. Uno es adulto cuando ya no le hace tanto asco a la fruta abrillantada, cuando come pizza con cubiertos. Y, lo peor de todo, cuando acepta con resignación la presencia inmanente de las pasas de uva, ora en la empanada de carne, ora en cualquier otro plato.
Uno no es adulto hasta que no se morfó una buena cola en el BPS por trámites que nunca se sabe bien para qué sirven. Hasta que no se queja de los recolectores de basura. Hasta que tiene su propia tarjeta de puntos en el supermercado. Hasta que aprende a jugar al bridge. Hasta que comprende la importancia del hilo dental. Hasta que recuerda no dejar la toalla mojada arriba de la cama. Hasta que no se hace fan de Estadio uno. Hasta que no lee, al menos por arribita, algún libro de Nietzsche.
Y sin lugar a dudas, uno no es adulto hasta que sus ídolos futbolísticos de la infancia dejan de ser jugadores y comienzan sus carreras como directores técnicos. Ese es quizá el verdadero quiebre entre la niñez y la adultez de un hombre.
Entonces, sí. Si queda demostrado que los niños uruguayos ya hacen todas esas cosas a la edad que ustedes plantean, entonces tienen mi firma. Que los botijas tengan la suerte de poder ir presos bien de chiquitos… Yo qué sé, a mí me parece lógico. Si el problema es la pasta base, la violencia social, la ineficiencia de la Policía, las condiciones inhumanas de las cárceles y las fugas diarias y multitudinarias del INAU la única solución que se me ocurre es bajar la edad de imputabilidad.

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